07 marzo 2018

Reflexión: el día más complicado del profesor de español

De unos días a esta parte tengo la necesidad de escribir sobre un tema que me ronda la cabeza. Al sentarme ante el blanco de la pantalla de mi portátil me vino a la mente el título de una entrada que había publicado con anterioridad y que, a lo mejor, algo tenía que ver con esto... me acuerdo que se era algo así como la dimensión humana del profesor de español, así que me puse a bucear entre las casi 500 entradas publicadas hasta el momento y resulta que el texto en cuestión ¡es de 2009!


En dicho artículo reflexionaba sobre algo que hoy sigo pensando igual pero que verbalizo de otro modo: la dimensión humana del docente debería tener más presencia en cualquier programa de formación de profesores; incluso, el propio profesor debería trabajarla durante su vida profesional. Todavía no he entrado al 100% en el tema, dicho sea de paso.


La primera vez que escuché la afirmación de que el aula es un ecosistema decidí adoptarla como propia porque no puedo estar más de acuerdo con el concepto. En ese ecosistema, además de contenidos lingüísticos, destrezas, estrategias de comunicación y de aprendizaje o reflexión gramatical se establecen una relaciones interpersonales, relaciones que deben desarrollarse dentro de un ámbito intercultural de respeto y tolerancia.

Nos preocupamos mucho --y con razón, por supuesto-- de cómo ayudar al alumno a la hora de gestionar su frustración; reflexionamos sobre cómo acompañarlo y guiarlo a la hora de afrontar el error; nos esforzamos en descubrir cómo liberarlo del estrés ante las pruebas de evaluación; buscamos estrategias para que el alumno gestione y canalice de modo correcto sus emociones. Pero, ¿y el profesor? ¿Qué pasa con el profesor?


En el contexto de inmersión arriba mencionado --mi ámbito educativo-- es en el que quiero centrar mi reflexión. Este contexto lleva implícita una serie de situaciones que, por más evidentes y obvias que sean, no quiero dejar de mencionar y que, de cara a mi reflexión, quiero organizar en tres principios:
  • Cada lunes entran nuevos alumnos en el centro y en la clase. Cada viernes salen alumnos de los grupos y del centro. Por tanto, el ecosistema del que hablamos está en permanente mutación.
  • Trabajamos con personas y, como personas que somos en un determinado lugar y un determinado momento, generamos relaciones como las de cualquier sociedad, como las de cualquier comunidad.
  • El objetivo de nuestros alumnos es aprender una lengua para comunicarse. Esa lengua que ellos quieren aprender es nuestra herramienta de trabajo. Con la lengua compartimos muchas cosas: culturales, sociales, personales... y eso nos acerca como seres humanos que somos.



Todo este análisis me lleva al centro de mi reflexión. Cada profesor establece lazos humanos con ciertos alumnos --por compartir ideas y experiencias; por compartir aficiones; por compartir tantas horas, sin duda; por compartir ilusiones; por compartir incluso problemas comunes... ¡por ser personas!-- que un día tienen que volver a sus casas... casas que están a miles de kilómetros. Y ese es el día más complicado para el profesor.

Y los profesores, al menos desde mi experiencia personal, no lo verbalizamos, no lo exteriorizamos, no lo compartimos. Personalmente es algo que no llevo bien, nada bien. Esa situación que se produce de vez en cuando me afecta y me afecta mucho. Las semanas que dejan la escuela esos alumnos no estoy cómodo. El lunes siguiente los echo mucho de menos.


¿Hay quien cree que con el paso de los años uno se acostumbra? Yo no, lo confieso. Es fácil entender que el alumno que, tras una intensa experiencia de inmersión en un país extranjero, vuelve a su ciudad y a su país se pone triste y le resulta dura la despedida. Pero, ¿y el que se queda? ¿Es acaso esa situación más fácil y llevadera para el que se queda que para el que se va? ¿El que se queda no lo pasa mal? ¿Acaso el alumno nuevo sustituye el hueco del que se va y todos felices? No, no es así. Y cada profesor --como persona que es-- lo sufre con unos alumnos --como personas que son-- y otros con otros. No es una decisión de un claustro de profesores, es un sentimiento de cada individuo.


Yo tengo mi lista, mis nombres, mis momentos... incluso mis lágrimas. Recuerdo que una vez varios profesores, tras una de esas despedidas significativas, optamos por comprar en el supermercado una botella de vino tinto y ahogar esa pena

Ciertamente están las redes sociales y el WhatsApp que, sin duda, hacen más llevadera la situación. Y, por supuesto, hay ocasiones mágicas --menos de las deseada pero profundamente intensas-- en las que se producen reencuentros por el mundo que dotan de sentido todo lo vivido. 

Estoy seguro de que cada profesor tiene su Hanako, su Yuka, su Melanie, su Michael, su Maria, su Caroline, su Sara, su Baris, su Beste, su Beatrice, su Gamze, su Sandrine, su Giovanni, su Larissa, su Eman, su Andrea, su Silvia, su Gabriela, su Monica, su Hannah, su Pai Pin, su Pierre, su Radmila, su Palma, su Chiara... son parte de nuestras vidas.